Hay expresiones que se repiten con tal insistencia que acaban pareciendo verdades reveladas. “Estar en el lado correcto de la historia” es una de ellas, seguramente de las más exitosas de los últimos tiempos: asoma en entrevistas, discursos y tertulias con una frecuencia digna de toda sospecha. La pronuncian actores que se autodenominan “concienciados” y políticos en campaña con gesto de Faro de Occidente: de Javier Bardem a Pedro Sánchez han recurrido a ella, pasando por una interminable lista de opinadores que encuentran en la fórmula un atajo hacia la respetabilidad moral. Tanto se ha extendido que ya se desliza en casi cualquier ocasión, como si el veredicto del tiempo estuviera ya redactado y algunos tuvieran la clarividencia de haberlo leído antes que todos nosotros.
Reconozcamos, para empezar, que la expresión no es del todo huera. Hay momentos en los que la historia se tensa hasta el límite y exige una toma de posición inequívoca. Europa frente al nazismo, por ejemplo, más aún después de conocerse el Holocausto. Es difícil discutir que hay causas que merecen ser defendidas y otras que deben ser derrotadas, aunque conviene insistir en que rara vez se sabe eso antes de que la propia historia quede registrada. La humanidad ha tenido encrucijadas que nítidamente han separado la dignidad de la barbarie, y en estas ocasiones insignes la existencia de un “lado correcto” encuentra cierto asidero.
Pero solo en situaciones extremas y en compromisos que se midieron en hechos, no en opiniones que, como campanas, se lanzan al vuelo. Y quienes acertaron no estuvieron, ni mucho menos, siempre en el mismo lado del espectro político, como algunos, interesadamente, pretenden. Churchill, conservador sin complejos, entendió antes que muchos la naturaleza del desafío y actuó en consecuencia. Mientras tanto, en la izquierda europea hubo quien pasteleó con Hitler con una mezcla de cálculo y ceguera, como el socialista Marcel Déat o el comunista Jacques Doriot. En una escala mucho mayor, tenemos el caso de Iósif Stalin, cuyo pacto de no agresión con la Alemania nazi –el Pacto Molotov-Ribbentrop– demuestra hasta qué punto las alianzas de conveniencia podían imponerse a cualquier supuesto principio, pese a lo cual hoy es reivindicado por algunos sinvergüenzas como quien salvó a Europa del fascismo.
Hoy “el lado correcto de la historia” se esgrime desde la comodidad del mitin, del sillón o de las redes sociales. Sin embargo, a lo largo de la historia ese lado se ha defendido en la acción, asumiendo riesgos y afrontando desgarradoras pérdidas. Siempre ha implicado estar en el lugar de los hechos jugándose el pellejo. E incluso en esos escenarios, la pureza era un lujo escaso. La propia Resistencia, tantas veces idealizada, dejó testimonios incómodos sobre ajustes de cuentas, abusos y zonas grises que rara vez caben en la aséptica épica que hoy algunos pretenden.
Seamos honestos: hoy la frase se utiliza para arrogarse una superioridad moral preventiva. La idea es atrapar votos o procurarse una etiqueta tranquilizadora: uno ya está donde debe estar y el otro queda automáticamente del lado equivocado. Es un indicador bastante fiable de dogmatismo ideologizado.
De ahí a la cancelación hay un paso corto, y esa pulsión por silenciar al otro y reducirlo a caricatura es una calamidad cívica que lleva haciéndonos daño desde hace demasiado tiempo.
Decía Tzvetan Todorov que la memoria del mal exige matices, pues sin ellos se convierte en propaganda. La historia real tiene más aristas que las pancartas. Para pensar y decidir bien hay que hacer sitio a los matices y soportar sus incomodidades. Tiene mi lúcida amiga, la jueza Natalia Velilla, puesto en su perfil de X que toda historia tiene (al menos) dos versiones; y tiene razón. A falta de oráculos fiables, tal vez convenga desconfiar de quienes aseguran conocer el veredicto de la historia. La historia es reacia a los jurados de parte e incluso a quienes pretenden legislar la memoria, y suele atizar a quienes se creyeron sus portavoces.
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