Un thriller que nunca quiso ser un thriller. Una comedia que tampoco da para muchas alegrías. Incluso a pesar de girar en torno a un trío y llevar en el título esa palabra que empieza por F y en la que todos pensamos, ni siquiera podría definirse como un thriller erótico. Hay un muerto de por medio en lo que, aparentemente, ha sido un infarto. Sin embargo, alrededor de esa muerte se acumulan demasiadas circunstancias sospechosas como para dar el caso por cerrado. Así comienza una investigación policial que, más que buscar a un asesino, irá desenterrando las miserias sentimentales de sus protagonistas para acabar regresando exactamente al mismo lugar del que partió. DTF St. Louis es una de las series más inclasificables del año y una de las aspirantes a dar la campanada en la próxima ceremonia de los Emmy.
Un thriller que nunca quiso ser un thriller. Una comedia que tampoco da para muchas alegrías. Incluso a pesar de girar en torno a un trío y llevar en el título esa palabra que empieza por F y en la que todos pensamos, ni siquiera podría definirse como un thriller erótico. Hay un muerto de por medio en lo que, aparentemente, ha sido un infarto. Sin embargo, alrededor de esa muerte se acumulan demasiadas circunstancias sospechosas como para dar el caso por cerrado. Así comienza una investigación policial que, más que buscar a un asesino, irá desenterrando las miserias sentimentales de sus protagonistas para acabar regresando exactamente al mismo lugar del que partió. DTF St. Louis es una de las series más inclasificables del año y una de las aspirantes a dar la campanada en la próxima ceremonia de los Emmy.
La categoría de mejor miniserie suele ser una de las más estimulantes de los Emmy. En ella han encontrado acomodo algunos de los proyectos más ambiciosos de la televisión reciente y, en ocasiones, incluso ha servido de trampolín para ficciones que terminaron prolongando su recorrido, como ocurrió con The White Lotus. Este año, sin embargo, una de las grandes virtudes de esta nominada reside precisamente en su capacidad para escapar de las etiquetas. Bajo la apariencia de un thriller, su creador, Steve Conrad, construye una historia sobre la amistad, la masculinidad y la crisis de la mediana edad.
Jason Bateman (The visitor, Ozark), David Harbour (Stranger Things) y Linda Cardellini (Bloodline, Dead to me) forman los tres ángulos de uno de los tríos más insólitos e incómodos de la televisión actual. Empezando por el propio título, la miniserie de HBO juega continuamente al despiste. DTF hace referencia al acrónimo Down to Fuck ("listo para follar"), una expresión asociada a las aplicaciones de contactos, donde acaba registrándose el personaje de Harbour, intentando encontrar una salida a la pérdida de deseo que siente hacia su mujer, interpretada por Cardellini. Lo que todavía desconoce es que ella mantiene una relación con su mejor amigo, el popular hombre del tiempo de una cadena de televisión local al que da vida Bateman.
A partir de ese momento, Steve Conrad comienza a jugar con todos los lugares comunes del cine negro: un amante, una esposa infiel, un seguro de vida y una medicación potencialmente letal que el propio Bateman había facilitado a su amigo para combatir sus problemas de disfunción eréctil. Las pruebas parecen encajar con una precisión casi milimétrica. Tanto la policía como el espectador llegan a la misma conclusión: alguien ha matado a David Harbour. Pero lo que hace esta serie es desmontar clichés y mostrarnos que las cosas no son siempre lo que parecen. No hay mujeres fatales que quieran llevar a sus amantes por el camino de la perdición, no hay maridos maltratadores cuya desaparición suponga una liberación para nadie. Los encuentros clandestinos entre Bateman y Cardellini en una discreta habitación de motel desprenden más incomodidad que deseo. Y, cuando la investigación regresa al mismo punto del que partió, el espectador comprende que el verdadero misterio nunca estuvo en averiguar quién había matado a Harbour, sino en entender por qué aquellos tres personajes habían llegado a un punto de no retorno en sus vidas.
Porque, en realidad, DTF St. Louis nunca habla de un asesinato. Habla de hombres y mujeres que han llegado a esa edad en la que descubren que ya no son quienes creían ser. David Harbour convive con problemas de disfunción eréctil que piensa que podrá combatir con una medicación incompatible con su enfermedad cardíaca. A sus dificultades se suma otro conflicto todavía más absurdo. Desde que su mujer comenzó a arbitrar partidos de béisbol, el uniforme le resulta tan poco estimulante que termina bloqueando cualquier intento de recuperar la intimidad. Conrad convierte un detalle casi ridículo en el detonante de una crisis mucho más profunda. A través de la aplicación descubre que quienes más interés muestran por él son otros hombres. Y, llegado a ese punto, poco importa quién se sienta atraído. Lo único que necesita comprobar es que todavía es capaz de despertar el deseo de alguien. Si son hombres quienes se lo ofrecen, serán hombres. Ese mismo miedo a dejar de sentirse deseada es también el que empuja a su mujer a buscar un amante.
Ese mismo conflicto también atraviesa al personaje de Jason Bateman. Su aventura con la esposa de su mejor amigo nunca transmite la pasión desbordante que cabría esperar. De hecho, cuanto más avanza la serie, más evidente resulta que el vínculo emocional más profundo no es el de los amantes, sino el que une a los dos amigos.
Una amistad que nació el día en que el personaje de David Harbour salvó la vida a Bateman durante un reportaje especial en plena tormenta. No deja de resultar significativo que Bateman sea precisamente el hombre del tiempo de una cadena local. Steve Conrad ya había utilizado esa misma profesión en El hombre del tiempo (2005), la película protagonizada por Nicolas Cage de cuyo guion fue responsable. Allí la meteorología servía como metáfora de una vida imposible de controlar. Aquí las tormentas también parecen anunciar el estado emocional de unos personajes incapaces de evitar que sus propias vidas acaben estallando.
Sin embargo, Conrad se preocupa desde el principio por dejar claro que Harbour dista mucho de ser un personaje despreciable. La mejor prueba la encontramos en la relación que mantiene con el hijo sordomudo de Linda Cardellini, fruto de una relación anterior. Aunque no sea su padre biológico, lo ha criado como si fuera suyo. Ambos se comunican mediante la lengua de signos y es precisamente en esos momentos cotidianos donde la serie deja ver la enorme humanidad del personaje. No estamos ante el marido autoritario o violento que tantas veces ha alimentado el cine negro, sino ante un hombre bueno que atraviesa una profunda crisis personal.
La lengua de signos termina convirtiéndose, además, en uno de los grandes hallazgos narrativos de la serie. Algunas de las conversaciones más importantes entre Harbour y Bateman no se producen hablando, sino utilizando ese lenguaje que ambos han aprendido para comunicarse con el hijo de Cardellini. Es precisamente mediante la lengua de signos como Harbour le comunica a su amigo que ya conoce la relación que mantiene con su mujer. En una serie llena de secretos, silencios y medias verdades, Conrad reserva el lenguaje más silencioso de todos para expresar las confesiones más sinceras.
Quizá el único aspecto que la serie deja algo desdibujado sea el impacto público del escándalo. Resulta difícil creer que un hombre del tiempo tan popular como el personaje de Bateman pudiera verse implicado en una investigación por homicidio sin que ello tuviera consecuencias más visibles para su carrera. Más allá de algún cartel abandonado y cubierto de grafitis, Conrad apenas se detiene en esa dimensión pública porque su interés siempre estuvo en otra parte.
Quizá por eso resulte tan difícil clasificar DTF St. Louis. Empieza siendo un thriller. Después parece una comedia incómoda. Pero termina revelándose como una historia profundamente triste sobre la amistad, el miedo a dejar de ser deseado y la dificultad de aceptar que el tiempo también pasa para nosotros. Steve Conrad utiliza un crimen para hablar de sentimientos. Y cuando termina la serie, uno comprende que el verdadero misterio nunca fue descubrir quién había matado a David Harbour. Era averiguar qué clase de amor unía realmente a aquellos tres personajes y esa respuesta resulta mucho más incómoda que cualquier crimen.
Fuente: Información
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