El autor reflexiona sobre las peripecias que viven los maridos que se quedan trabajando en verano mientras sus familiares disfrutan de la playa o la montaña
Alcalá de Guadaíra da un paso más hacia la construcción de sus nuevos juzgados
El Rodríguez es aquel héroe anónimo que, normalmente en período estival, permanece trabajando a destajo en su ciudad sufriendo temperaturas extremas, mientras el resto de su familia (mujer, familia política e hijos al completo) disfruta de la brisa marina o del fresquito serrano en algún rincón de la costa o la montaña.
El pobre Rodríguez malvive a base de un frigorífico que, en el mejor de los casos, contiene dos sobres de kétchup, un plátano que ya ha alcanzado el negro absoluto, un yogur cuya fecha de caducidad pertenece a otra era geológica y tres salchichas frankfurt en un paquete ya abierto a modo de únicos víveres.
Ante semejante panorama, el Rodríguez, al terminar su jornada laboral, llega a casa, se da una ducha redentora y, muy a su pesar, cual zombi sale a vagar por una ciudad desierta con la vana esperanza de encontrar algún establecimiento aún de guardia donde un hostelero misericordioso le reponga los varios litros de líquido que ha perdido a lo largo del día.
Una vez localizado el oasis, el Rodríguez se topa con otros especímenes de su misma especie que también habían acudido al mismo abrevadero, cual manada de ñus sedientos que, tras días de atravesar la sabana, sacian por fin su sed en el añorado lago azul.
Todos juntos, cual familia en la diáspora, cual soldados en tierra hostil, comparten su aflicción y su anhelo por reencontrarse con los suyos. Solo la empatía de sus iguales —ese vínculo forjado entre cañas, altramuces y chicharrones— les hace más llevadero este calvario estival.
Todos ellos se ven obligados a trasnochar, pues no soportan contemplar el vacío que inunda su casa, y, a modo de serenos, regresan a casa envueltos en la melancolía de la soledad y en el silencio de la noche.
Por fin llega el último día de trabajo. El Rodríguez se despide de sus compañeros, vuelve a casa para cerrar el gas, baja las persianas, olvida recoger el caos doméstico de cacharros en el fregadero y mudas sucias en el cesto que deja atrás y emprende el viaje hacia la ansiada reunión familiar.
Ya acabó lo peor. El Rodríguez se reencuentra con su esposa, con su suegra, con su cuñado y con su cuñada, quienes, nada más verlo, lo agasajan como a un rey tribal colgándole la sombrilla, dos sillas plegables a modo de muletas y la nevera portátil.
Una vez frente al mar —no sin antes haber construido con sus hijos una muralla, tres castillos de arena y medio acueducto romano que le han provocado un dolor de espalda insufrible—, el Rodríguez se deja caer en su silla, escucha el grito de su vecina de sombrilla (a la que tiene, literalmente, a cinco centímetros de la oreja) y entonces piensa, con los ojos entornados y una sonrisa beatífica: esto sí que es la auténtica felicidad. Bienvenidos al paraíso.