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"El cómic tiene cierta libertad creativa que pocos medios permiten"

Дата публикации: 24-09-2026 05:01:58



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Francisco de Paula Junquera Medina (Jerez, 1995), conocido artísticamente como Pauli Junquera, es un ilustrador y dibujante de cómic cuya trayectoria se ha movido entre la ilustración, el cómic y la industria del videojuego. Su formación se desarrolló en torno al dibujo y las Bellas Artes. En 2015 recibió una beca para estudiar en la Escuela Superior Estación Diseño de Granada, donde se especializó en Ilustración y Cómic. Su carrera comenzó en 2019, cuando entró en Genera Games, en Sevilla. Trabajó como concept artist para Scopely en Barcelona, donde estuvo en la industria del videojuego hasta 2023. Durante esta etapa participó en títulos como Monopoly GO!, Stumble Guys y Marvel Strike Force, compaginando simultáneamente su carrera como dibujante de cómic. Pauli ha ido estableciendo su trayectoria colaborando en proyectos como 'Nancy in Hell: One Shot', 'Nominados para morir' y 'Sombras de Aokigahara', junto al guionista José Luis Vidal. En la actualidad, desarrolla su carrera en el mercado americano como artista principal de la miniserie The Omega Book, obra escrita por James Patrick y publicada por Mad Cave Studios. Las primeras dos entregas de la serie ya han sido publicadas en Estados Unidos.

¿De dónde viene su pasión por el dibujo?

Creo que de la misma forma que le puede venir a cualquier otra persona. Desde pequeños, todos nos hemos visto alguna vez con un lápiz en la mano dibujando. La diferencia es que llega un momento, a medida que creces, en el que encuentras otras aficiones o decides centrarte en aquello que realmente te apasiona. Yo, simplemente, nunca dejé de dibujar.

Desde niño tuve además muchas referencias. Me inspiraban los dibujos animados de superhéroes y los cómics que leía, como Mortadelo y Filemón y otros clásicos españoles de una época en la que aquí todavía se hablaba más de tebeos que de cómics.

Mi familia siempre ha apoyado mucho mi faceta artística y cualquier cosa que me hiciera feliz, así que con unos ocho años me apuntaron a unas clases particulares cerca del colegio. No eran exactamente lo que a mí me interesaba, porque lo que me gustaba era contar historias, mientras que allí se trabajaba un dibujo más tradicional: bodegones, toros… Con el tiempo le cogí cariño, pero yo sabía hacia dónde quería dirigirme.

Fue allí donde conocí a quien considero mi maestro por excelencia, Alberto Belmonte (Jerez, 1973). Estuvo apenas dos semanas sustituyendo a una profesora, pero unos años después volví a encontrarme con él por casualidad. Mi padre había buscado otras clases que encajaran más conmigo y resultó que eran precisamente las que Alberto impartía en su casa.

Era de una de esas cosas que se te grababan desde chiquitito. Era como mi referente adulto que entendía realmente el medio por el que yo quería moverme. Al final me llevé allí muchísimos años con él, asenté mis bases y todavía hoy lo considero un maestro y un referente. Una de las cosas buenas de Alberto como maestro es que no se limita a enseñarte las bases del dibujo. También te ayuda a desarrollarte como artista y a encontrar el estilo que mejor encaja contigo.

¿Qué es lo que más le atrae del cómic?

La libertad. Creo que el cómic tiene cierta libertad creativa que pocos medios permiten. Me gusta contar historias y, cuando dibujo un cómic, siento que tengo un control enorme sobre cómo hacerlo. Tienes que saber un poco de todo. De alguna manera eres guionista, cámara y también tienes que documentarte sobre vestuario, escenarios o cualquier elemento que necesite precisión visual. Es un medio muy completo.

¿Le gustaría publicar algún día sus propias historias?

Sí. Es una pequeña espina que tengo clavada. Tengo historias guardadas en un cajón que me encantaría poder contar algún día. El proceso aquí en España es que, cuando estás empezando, lo habitual es mostrar tu trabajo a editoriales y que sean ellas las que te propongan un guion para desarrollar un determinado proyecto. A veces tienes la suerte de poder presentar una historia propia y trabajar también como guionista, pero eso implica muchísimo tiempo y quizá, cuando una persona está dando sus primeros pasos, no sea lo más recomendable.

Si pudiera elegir un personaje para dibujar, ¿cuál sería?

Sí, desde luego. Lo he dicho siempre: no me quiero ir de esta vida sin haber dibujado un número de Spiderman. Me crié con esos personajes: El Increíble Hulk, Batman, Superman, Los Cuatro Fantásticos… Pero Spiderman es ese héroe que permanece ligado a mi infancia. Es una de las metas a las que aspiro y espero estar recorriendo el camino correcto para conseguirla.

¿Cuáles han sido sus proyectos más importantes?

He realizado varias publicaciones, tanto para el mercado estadounidense como en España. En varias de ellas he trabajado con el guionista José Luis Vidal, que me ayudó mucho a desenvolverme en este mundo, sobre todo a la hora de analizar un guion y transformarlo visualmente. Uno de aquellos trabajos fue 'Nancy in Hell', un one-shot publicado por Amigo Comics en Estados Unidos. Fue mi primera experiencia trabajando siguiendo las indicaciones de un guionista y también enfrentándome de verdad a la organización profesional: cumplir horarios y fechas de entrega, asumir correcciones…

Cuando mandas tus páginas para que otra persona las revise te das cuenta de que no solo tienes que calcular cuánto tardas en dibujar una página, sino también el tiempo que necesitarás después para corregirla. Aun así, he tenido mucha suerte con los guionistas con los que he trabajado porque me han concedido bastante libertad para proponer cambios o modificar planos.

Y ahora estoy trabajando en una miniserie de cinco números para el mercado americano. Se trata de The Omega Book, obra escrita por James Patrick y publicada por Mad Cave Studios hace un mes. Empecé el proyecto en diciembre de 2025 de la mano del representante Eduardo Alpuente y actualmente estoy dibujando el último número. James Patrick también ha trabajado para DC en algunos números relacionados con Batman. Para mí supone mi primer trabajo cien por cien profesional enfocado al mercado estadounidense. Cuando llegó la oportunidad, directamente no me lo creía. Llevo prácticamente un año dedicado a este proyecto y, cuando termine, tocará volver a buscar nuevas oportunidades.

Antes del cómic trabajó profesionalmente en videojuegos. ¿Qué le aportó aquella etapa?

Trabajé como concept artist e ilustrador en diferentes proyectos para juegos móviles. Me aportó muchísimo, entre otras cosas porque tuve que aprender a ser versátil. Además, me hizo plantearme una cuestión que siempre me ha generado dudas: qué importancia tiene poseer un estilo propio. En videojuegos muchas veces se valora especialmente que un artista sea capaz de adaptarse a estilos diferentes. En el cómic, en cambio, hay opiniones para todos los gustos. Algunos valoran la versatilidad y otros consideran que llegas a estar verdaderamente asentado cuando alguien ve una página y reconoce inmediatamente que es tuya. Supongo que cuando alcance ese punto me sentiré bastante orgulloso.

Lo bueno que tuve mientras estuve en el sector de los videojuegos es que no dejé de lado la parte artística. Yo sabía que independientemente de la estabilidad que a mí me pudiera dar un lugar como el que eran los videojuegos, yo no constaba de la felicidad que a mí me generaba desde pequeño dibujar cómics, ilustrar en general de la manera que yo siempre había aprendido, que era a lápiz, a tinta, a color, a acuarela... Yo, desde niño, la verdad es que he disfrutado mucho de cualquier tipo de arte, tanto visual, narrativa o escultural, lo que fuera. Como los videojuegos también, que hasta cierto punto también se consideran arte. Pero yo quería enfocarme en aquello por lo que siempre luché desde pequeño, que al final venía siendo que era contar historias.

¿Y cómo definiría su estilo actual?

Extraño. Es difícil ponerle un nombre concreto. Diría que es una mezcla entre el cómic americano y el manga, con ciertos tonos oscuros y una influencia de autores como Frank Miller, especialmente en el uso del claroscuro para sintetizar información.

Soy un niño de los noventa, así que necesariamente tengo una influencia del manga y del anime con los que crecí: Dragon Ball, Naruto, incluso Doraemon. Pero al mismo tiempo siempre me gustaron mucho los superhéroes americanos. De forma inconsciente fui mezclando ambos universos. Eso hace diez o quince años quizá me habrían dicho que ese estilo tenía poca salida, pero hoy ves a grandes artistas que trabajan en Marvel o DC y que poseen precisamente esa mezcla. Me identifico, por ejemplo, con autores como Jorge Jiménez, Javier Fernández o Belén Ortega. De todas formas, creo que uno nunca deja de evolucionar. Hace unos años abusaba quizá más de las masas de negro y ahora intento quitarlas y definir de otra manera. Siempre estás probando y aprendiendo.

¿Qué supone poder trabajar desde Jerez para el extranjero?

Para mí es mi vida. Cuando eres joven tiendes a idealizar mucho la idea de trabajar fuera. Yo he tenido las dos experiencias. Durante mi etapa en los videojuegos viví tanto en Sevilla como en Barcelona, y fueron experiencias muy gratas, pero soy una persona muy familiar. Me gusta estar cerca de los míos y comprendí que la felicidad que buscaba pasaba también por tener la libertad de trabajar desde donde quisiera.

La pandemia me permitió experimentar por primera vez cómo era trabajar desde casa. Ahora, en el mundo del cómic, hay momentos en los que el trabajo puede ser bastante solitario. Antes tenía reuniones, compañeros con los que hablar mientras trabajaba… En el cómic muchas veces recibes un guion, trabajas solo y entregas el resultado.

Pero he hecho suficientes amistades para que esa soledad no me afecte demasiado. Y, a cambio, tengo algo que para mí tiene muchísimo valor: ser dueño de mi tiempo. Si necesito levantarme, estirar la espalda, saludar a mi perrita, darle un abrazo a mi madre o acercarme a ver a mi abuela, puedo hacerlo. Esa posibilidad me da la vida.

Siempre soñé con dedicarme a lo que me gustaba y, cuando pienso dónde estoy ahora, a veces todavía me cuesta creerlo. En España resulta complicado hacerse un hueco y mantener cierta estabilidad económica únicamente con este trabajo. Es un poco triste. Las diferencias con otros mercados pueden ser enormes. Un trabajo que aquí puede llevarte uno o dos meses y exige toda tu dedicación tiene una remuneración muy distinta a la que puedes encontrar fuera. Creo que en otros países hay una mayor cultura de la lectura del cómic y mercados mucho más asentados. El americano está muy asociado al mundo de los superhéroes y a la acción, mientras que el mercado francobelga me parece especialmente interesante por la variedad de historias que permite. Un día puedes estar dibujando un western y al siguiente una aventura de piratas o cualquier otro género. Eso es precisamente una de las cosas bonitas de esta profesión: no tener que limitarte a una única temática. De hecho, tengo un proyecto de personajes que me gustaría sacar adelante, sobre un mundo futurista pero con toques de piratería.

¿Cómo cree que afecta la Inteligencia Artificial al sector artístico?

Es complicado tener una opinión definitiva porque evoluciona tan rápidamente que, cuando crees que ya tienes una postura, aparece una nueva aplicación que vuelve a abrir el debate.

Yo tuve contacto con ella cuando todavía estaba en una etapa muy inicial. En videojuegos me pidieron que estudiara qué aplicaciones podía tener, especialmente en marketing. En aquel momento no la percibía como una amenaza real para mi trabajo.

Creo que cualquier tecnología nueva necesita unas limitaciones diferentes dependiendo del ámbito en el que se utilice. Conozco, por ejemplo, programadores que están encantados porque les facilita determinadas tareas. En el ámbito artístico el debate es distinto, especialmente porque entra en juego cómo han sido entrenados esos sistemas y la utilización de trabajos previos de artistas sin autorización.

Además, a día de hoy, sigo sin ver que una Inteligencia Artificial sea capaz de transmitir lo mismo que una persona. Yo identifico la IA cuando la veo. De todas formas, la persona que utiliza la IA es como la piratería, esa persona jamás tuvo la intención de comprar tu arte o tu producto. Creo que tiene que existir una regulación adecuada y adaptada a cada sector. Los artistas también necesitamos esa protección.

Usted proviene de una familia muy vinculada al arte.

Sí. Mi padre tocaba la guitarra y mi madre cantaba. Mi hermana también se interesó desde pequeña por la música y estudió Historia de la Música. En casa siempre hemos visto a nuestros padres felices haciendo aquello que les gustaba. Eso fue muy importante porque, además de apoyarnos, nos transmitieron esa felicidad que produce dedicarte a algo que realmente te apasiona.

Mi padre cuenta que, cuando yo era pequeño, cogía cualquier cosa, un libro, incluso un palo, y hacía como si estuviera tocando la guitarra. En mi familia debían tener bastante claro que por alguna rama artística iba a terminar saliendo. Las pistas estaban ahí.

¿Qué recuerdos conserva de sus padres actuando juntos?

Muchísimos. Cuando mi padre tenía su cuadro flamenco, mi madre cantaba con él. Mis hermanos y yo crecimos viéndolos juntos sobre un escenario y yendo a sus actuaciones.

Después las circunstancias de la vida hicieron que dejaran de dedicarse profesionalmente a ello. Mi madre siempre me decía algo que se me quedó grabado: para dedicarte a lo que te gusta tienes que estar alegre, porque, si no, no tiene sentido intentar transmitir nada. Cuando falleció su padre, mi abuelo, dejó de cantar. Decía que con aquella tristeza ya no podía hacerlo. Son cosas que te marcan y que, con el paso del tiempo, te ayudan a entender un poco mejor la vida. Somos cuatro hermanos. Uno de ellos es abogado, pero mantiene su afición por los caballos, algo que le conecta con una parte menos analítica y más emocional. Mi hermana tiene la música y la pequeña también tuvo desde niña inquietudes creativas, aunque finalmente estudió Derecho. Cada uno lo ha canalizado de una manera distinta.

¿Tiene alguna afición que no esté relacionada con el dibujo?

No demasiadas. Me gusta muchísimo leer y también el cine, aunque incluso eso termina relacionado con mi profesión. Ver una película también puede convertirse en aprendizaje: estudias los planos, el guion, las ambientaciones… Al final tengo la suerte de que mi trabajo sigue siendo también mi principal afición. Gozar de la libertad de poder levantarme cada día y continuar haciendo algo parecido a aquello que me hacía feliz cuando era niño es un privilegio. Me permite mantener una pequeña conexión con la infancia que muchas veces vamos perdiendo al crecer.

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