Un estudio detecta una exposición ambiental muy extendida en mascotas y abre nuevas preguntas sobre sus posibles efectos en la salud
Los llamados “químicos eternos” no se quedan únicamente en el agua, los alimentos o el organismo humano. También llegan a los animales que comparten nuestra casa. Un estudio realizado con perros y gatos de Italia y Países Bajos ha encontrado varias sustancias PFAS en su sangre y una de ellas, el PFOS, apareció en prácticamente todos los animales analizados.
La investigación, publicada en Frontiers in Veterinary Science, analizó muestras de 179 perros y 84 gatos recogidas entre 2021 y 2025. Entre ellos había animales sanos y otros diagnosticados con diferentes trastornos endocrinos, como hipertiroidismo felino, hiperparatiroidismo, hipercortisolismo o tumores suprarrenales.
Encontraron PFOS en el 99% de perros y gatosLos investigadores buscaron 11 compuestos pertenecientes a la gran familia de los PFAS, sustancias sintéticas caracterizadas por enlaces de carbono y flúor extremadamente resistentes a la degradación.

Detectaron ocho PFAS diferentes en los perros y nueve en los gatos. El resultado más llamativo fue el PFOS: apareció en el 99,5% de las muestras caninas y en el 99% de las felinas.
En los perros, también fueron frecuentes el PFHxS, presente en el 69%, y el PFOA, detectado en el 68,5%. En los gatos, el PFOA apareció nada menos que en el 96% de las muestras.
Eso no significa que todos los animales estuvieran expuestos a cantidades peligrosas. El estudio midió presencia y concentración, pero no estableció un umbral a partir del cual esas cantidades resulten dañinas para perros o gatos.
Sí deja clara una cosa: la exposición ambiental está muy extendida.
La casa puede ser una de las vías de exposiciónLos PFAS se han utilizado durante décadas en productos resistentes al agua, las manchas o la grasa. Pueden encontrarse en determinados textiles tratados, envases alimentarios, polvo doméstico, agua y alimentos contaminados.
Perros y gatos comparten muchas de esas fuentes con sus propietarios, pero además presentan comportamientos que pueden modificar su exposición. Los gatos, por ejemplo, se acicalan con frecuencia y pueden ingerir contaminantes depositados en el pelo junto con el polvo del hogar.
La dieta también podría desempeñar un papel. Los autores señalan que algunos PFAS de tipo carboxílico aparecieron más a menudo en gatos, algo compatible con trabajos anteriores que apuntan a una posible influencia de dietas con pescado.
También apareció una diferencia geográfica: los perros estudiados en Utrecht presentaban concentraciones de PFOS significativamente mayores que los de Bolonia. Los investigadores, sin embargo, no pudieron determinar qué fuente ambiental explicaba esa diferencia.
Tener más PFAS no significó padecer una enfermedad endocrinaEste era precisamente uno de los objetivos principales del trabajo. Los PFAS pueden interferir con distintos procesos hormonales y algunos se han estudiado en humanos por su posible relación con alteraciones tiroideas, metabólicas y otros problemas de salud. Por ello, los investigadores quisieron comprobar si las concentraciones eran diferentes en animales con enfermedades endocrinas.

En los análisis iniciales aparecieron algunas diferencias. Pero había un problema importante: los animales enfermos tendían a ser mayores que los sanos.
Cuando los investigadores ajustaron estadísticamente los resultados por edad, ninguno de los PFAS analizados quedó asociado de forma independiente con el estado de enfermedad, ni en perros ni en gatos.
Por tanto, este estudio no demuestra que los químicos eternos provoquen hipertiroidismo, síndrome de Cushing o tumores suprarrenales en las mascotas.
Perros y gatos pueden actuar como centinelas de nuestra propia exposiciónLos autores consideran especialmente interesante estudiar a los animales de compañía desde una perspectiva de One Health, que conecta salud humana, animal y ambiental.
Un perro o un gato respira el mismo aire doméstico, bebe agua del mismo entorno y está en contacto con el suelo y el polvo de la vivienda. Su organismo puede ofrecer así pistas sobre contaminantes presentes también alrededor de las personas.
El trabajo tiene limitaciones importantes: fue retrospectivo, faltaban datos detallados sobre dieta, vivienda y origen geográfico y no existía un grupo de animales procedente de ambientes prácticamente libres de PFAS.
La conclusión, por ahora, no es que estos compuestos estén enfermando a perros y gatos, sino algo más básico y quizá más inquietante: los “químicos eternos” están tan extendidos en nuestro entorno que también pueden encontrarse en la sangre de prácticamente todas las mascotas estudiadas.