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Hardy, el gran contador de historias

Дата публикации: 19-09-2026 08:01:48

¿Qué le pide uno a un narrador? Esta es una pregunta que me ha inquietado a lo largo de mi vida como escritor, como reseñista, como profesor de Escritura Creativa. ¿Qué es lo que el lector pretende encontrar cuando empieza a leer un relato? Seguramente no hay una respuesta sencilla, definitiva. Seguramente es algo tan complejo que daría para una tesis doctoral y se quedaría exactamente en eso, en una tesis, algo documentado y razonado, pero no concluyente.

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¿Qué le pide uno a un narrador? Esta es una pregunta que me ha inquietado a lo largo de mi vida como escritor, como reseñista, como profesor de Escritura Creativa. ¿Qué es lo que el lector pretende encontrar cuando empieza a leer un relato? Seguramente no hay una respuesta sencilla, definitiva. Seguramente es algo tan complejo que daría para una tesis doctoral y se quedaría exactamente en eso, en una tesis, algo documentado y razonado, pero no concluyente.

Pero luego puede uno leer un cuento de Thomas Hardy y empezar a ver las cosas de otro modo. Porque de pronto, ante un relato de Hardy, uno se ve inmediatamente transportado a un pub inglés, con esa penumbra ambarina que suelen tener los pubs ingleses, y se ve sentado a una mesa, con una pinta por delante, y enfrente un tipo, vestido a la manera victoriana, con las mejillas sonrosadas, que está contándonos una historia que nos tiene embelesados. Así es, más o menos, como se siente un lector ante un cuento de Thomas Hardy. Y, para comprobarlo, este párrafo con el que se da comienzo el relato ‘Una tradición de 1804’: “La tan traída y llevada discusión sobre la posibilidad de una invasión de Inglaterra a través de un túnel en el Canal de La Mancha me ha hecho evocar en más de una ocasión la historia del anciano Salomon Selby. La oportunidad de escucharlo se me presentó una tarde en que estaba él sentado en el soporífero rincón del hogar de la cocina de la posada, en compañía de otros allí reunidos, cuando entré a refugiarme de la lluvia. Retirando la boquilla de la pipa de la hendidura dental en la que esta acostumbraba reposar, Solomon Selby se recostó en el hueco que tenía a su espalda y le sonrió al fuego. La sonrisa no era ni alborozada ni triste, ni exactamente cómica ni del todo cavilosa. Quienes lo conocíamos bien sabíamos identificarla al punto: era su sonrisa narradora”. (Página 53).

Aquí está, sin muchas dificultades para encontrarla, la maestría narrativa de Hardy. Y también su profundo arraigo en la tradición oral. La mayoría de sus cuentos están inspirados en leyendas y relatos populares. Su depurada técnica de contador de historias le permite retratar con agilidad y extraordinaria fluidez tanto los paisajes melancólicos de Inglaterra como la vida de sus habitantes.

Pero no queda ahí la cosa. Javier Marías, que además de traductor fue un gran estudioso de la obra de Hardy, le calificaba como “un terrible humorista”. Acertaba de pleno. Su agrio sentido del humor se manifiesta constantemente en los giros absurdos y crueles del destino que hacen caer frecuentemente a los personajes en trampas irónicas donde las pasiones humanas chocan contra normas rígidas o casualidades trágicas. La obra de este inglés imprescindible está plena de inventiva y manejo de tramas, en lo que se muestra como un maestro absoluto. Y, si quisieran ver una sola muestra, un único ejemplo, no duden en leer el relato ‘El brazo marchito’, un cuento de fondo gótico y lúgubre que sorprende por su atmósfera de misterio, superstición y tensión psicológica entre los personajes.

Hardy, nacido en una pequeña localidad cerca de Dorchester en 1840, es un romántico, y qué bien solían contar los cuentos los románticos. Sin embargo, quizás no sea un romántico químicamente puro, porque tiene una clara veta de realismo victoriano, muy en la línea de George Eliot. Pero él, que se consideraba fundamentalmente un poeta, siempre asumió que su más clara influencia tanto en sus novelas como en su poesía provenía del romanticismo, especialmente del poeta William Wordsworth. Pero, leyendo sus cuentos, uno no puede evitar percibir cuánto de realismo hay en su constante crítica a gran parte de la sociedad victoriana, especialmente en relación con el declive del estatus de la gente que habitaba la campiña inglesa, centrándose en un territorio inventado que, sin embargo, podía ver desde su propia ventana, el Condado de Wessex, que situó en el sudoeste de Inglaterra. En un momento en el que se estaban imponiendo las ideas de verosimilitud y realismo psicológico tanto en las novelas como en los relatos, Hardy, al igual que Dickens, era capaz de ignorar las limitaciones de la realidad y caminar por lugares más fantásticos. Lo tenía tan claro que dejó para la posteridad esta perla de sabiduría: “No importa la improbabilidad del suceso, sino la improbabilidad del personaje”.

En realidad, aunque puede que Thomas Hardy fuese el último gran narrador victoriano, se caracteriza por su brillante mezcla de realismo con un marcado sentido trágico y psicológico. Aunque no dejó atrás, como se ha dicho, la crítica social, a diferencia de otros escritores de su tiempo, que pusieron todo el énfasis en el análisis de la sociedad y sus costumbres, Hardy profundizó más en los conflictos internos de los personajes, mostrando un interés enorme por la fragilidad y la complejidad de la condición humana. Esta perspectiva otorga a sus cuentos una insuperable intensidad emocional y una dimensión trágica que le distingue claramente de otros autores de su época. Ese “encabalgamiento de estilos” tendrá un peso determinante. Innegablemente hay que atribuirle un profundo enriquecimiento de la literatura victoriana, porque permitió al lector (tanto al contemporáneo como al que lo lee ahora) comprender la inabarcable complejidad de la experiencia humana.

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En la colección Alba minus, Alba Editorial acaba de poner en las mesas de novedades de las librerías ‘Cuentos’, de Thomas Hardy, un volumen que reúne tres de los cuatro libros de cuentos que Thomas Hardy publicó en vida (‘Cuentos de Wessex’, ‘Pequeñas ironías de la vida’ y ‘Un hombre cambiado y otros relatos’). Con la publicación de esta colección de relatos Alba renueva su interés por la calidad editorial. Muchos de los relatos incluidos eran aún inéditos en español y se editan por primera vez juntos. Destaca también la nómina de traductores, que cuenta con nombres de primer nivel como Catalina Martínez Muñoz, Javier Marías, Carlos Mayor, José Luis López Muñoz y Marta Salís.

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