Si todas nosotras hemos tenido algún susto en nuestra vida, ¿cómo no lo va a tener una mujer que duerme en la calle?, resume Sílvia Benaiges, gerente de la Fundació Heura. Su organización es una de tantas que atiende a personas sin hogar y que, con el paso de los años, ha visto cómo ha aumentado la presencia de mujeres que necesitan apoyo tras verse abocadas a situaciones de calle.Seguir leyendo....
“Si todas nosotras hemos tenido algún susto en nuestra vida, ¿cómo no lo va a tener una mujer que duerme en la calle?”, resume Sílvia Benaiges, gerente de la Fundació Heura. Su organización es una de tantas que atiende a personas sin hogar y que, con el paso de los años, ha visto cómo ha aumentado la presencia de mujeres que necesitan apoyo tras verse abocadas a situaciones de calle.
Poner cifras al sinhogarismo femenino sigue siendo difícil. No todas las personas sin hogar duermen cada día en la calle, ni permanecen siempre en el mismo lugar. Y en el caso de las mujeres, muchas llegan a situaciones extremas antes de aparecer en los recuentos porque intentan evitar el espacio público a cualquier precio.
“El hecho de que veamos menos mujeres durmiendo en la calle no significa que el sinhogarismo femenino sea menor”, explica Bea Fernández, directora de la Fundació Arrels. Según señala, existe “todo un sinhogarismo muy invisibilizado”, formado por mujeres que no acaban directamente en la calle porque encuentran formas de evitarlo, aunque esas alternativas puedan implicar vivir en situaciones inseguras o de dependencia.
El último informe sobre sinhogarismo del Centres d’Experts en Innovació i Transformació Social (CETIS) del Departament de Drets Socials expuso que el 42% de las personas sin hogar en Catalunya son mujeres, mientras que en 2012 representaban el 19%.
La directora de ASSÍS, Lara Bogni, explica que la menor presencia femenina en la calle tiene relación con las estrategias que desarrollan muchas mujeres para protegerse. “Intentan evitar el espacio público por la doble vulnerabilidad que supone ser mujer y vivir en la calle”, señala.
En muchos casos, las mujeres soportan situaciones de precariedad, violencia o dependencia antes de acabar durmiendo al raso. Pueden permanecer en habitaciones inseguras, viviendas compartidas en condiciones precarias o relaciones donde sufren abusos, porque la alternativa de la calle se percibe todavía como más peligrosa.
Una acumulación de traumasPara Bea Fernández, llegar a la calle supone una experiencia traumática por sí misma, pero en el caso de las mujeres ese impacto se multiplica. “Estamos más en la línea de que vivir en la calle es la acumulación de diferentes traumas en distintos sentidos”, explica.
La directora de Arrels señala que las mujeres afrontan una violencia añadida por razón de género. “El hecho de encontrarse en situación de calle es mucho más violento porque al trauma de no tener protección, de estar a la intemperie, se añade la discriminación por razón de género”, apunta.
A esto se suma, según Fernández, el peso de las expectativas sociales asociadas al papel de las mujeres como cuidadoras. “Muchas veces nos encontramos mujeres que tampoco han podido desarrollar esas tareas de cuidado: no han podido hacerse cargo de sus familias, de sus padres o de sus hijos. Eso supone una doble estigmatización y afecta directamente a su autoestima”, explica.
Además, muchas mujeres atendidas por Arrels relatan historias previas de violencia. “Muchas de ellas explican relaciones de pareja en las que han sufrido abusos”, señala Fernández, que añade que también aparecen experiencias de maternidades frustradas tras separaciones de sus hijos, ya sea por intervención institucional o familiar.
El miedo a compartir espacios con hombresEse historial de violencias también condiciona la relación de las mujeres con los recursos de atención al sinhogarismo. Algunas rechazan determinados espacios porque no los perciben como seguros. “Muchas veces tienen miedo”, resume Benaiges, que explica que en la Fundació Heura decidieron hace años reservar un espacio específico para mujeres dentro del centro que atiende diariamente a más de 2.000 personas. Ese espacio permite, según la entidad, ofrecer más privacidad, tranquilidad y confianza.
ASSÍS también ha desarrollado circuitos específicos para mujeres. “No se trata solo de abrir espacios separados por género, sino de tener equipos preparados para responder a sus necesidades”, explica Bogni.
En la misma línea, Arrels ha incorporado espacios no mixtos dentro de sus recursos. Fernández explica que, aunque su centro abierto atiende a todas las personas en situación de máxima vulnerabilidad, habilitan una franja semanal exclusiva para mujeres y personas LGTBIQ+, en la que pueden utilizar servicios como duchas, consigna o espacios de apoyo sin presencia masculina.
Recursos con perspectiva de géneroLas entidades coinciden en que la atención al sinhogarismo ha sido históricamente diseñada para la mayoría masculina. Por eso reclaman que la perspectiva de género no se limite a crear espacios separados, sino que implique transformar la forma de acompañar.
Bogni explica que ASSÍS inició un proceso de adaptación al detectar que las mujeres no participaban igual que los hombres en los espacios de relación o seguimiento. “Nos dimos cuenta de que también éramos un recurso masculinizado: teníamos un 90% de hombres y solo un 10% de mujeres”, recuerda. Arrels también ha incorporado esta mirada en sus equipos y formación. “Se ha hecho un reconocimiento de la necesidad de adaptar los recursos a esta realidad”, explica Fernández.
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Pero las entidades alertan de que los recursos siguen siendo insuficientes. Aunque en los últimos años se han abierto servicios específicos para mujeres, la demanda continúa creciendo en Barcelona y en Catalunya. “La presión social y las necesidades de las mujeres son mucho más altas de lo que actualmente se está respondiendo”, afirma Bogni.
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